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domingo, 7 de septiembre de 2014

ERA GOL DE YÉPEZ

En los últimos tiempos los expertos en fútbol de la televisión colombiana, todos sin excepción, se han encargado de introyectarle al grueso de la población nacional, fanáticos abyectos al seleccionado de fútbol de mayores, un chip virulento por el cual se le pretende hacer creer a todos, que cada que el equipo pierde un partido, es por la incidencia directa de la mala fe del árbitro.
Nos quieren meter en el cerebro que todos los países del mundo, todos, nos ven como una verdadera “amenaza” para sus proyectos de vida. Imaginan que Brasil, por ejemplo, compra los árbitros en los partidos con Colombia para ganar y mantener los 5 títulos del mundo que están tejidos en su gloriosa camiseta.
Lo peor no es que estos tipejos que se visten de eruditos en el fútbol lo digan sin inmutarse, pues son sólo unos paranoicos patrioteros que “inventan” ese tipo de debates insulsos para embrutecer a los ociosos; lo vergonzoso es que los que están al otro lado de la pantalla de televisión sigan creyendo que fue gol de Yépez, o de Falcao, pues el hoy jugador del Manchester United, “casi” marca un gol de cabeza en el juego amistoso que Brasil le ganó a Colombia en Miami.
Para, Juan Carlos Toro, el colombiano que repite histéricamente lo que dice RCN o CARACOL, que confirma lleno de ira, que lo que pasó en Brasil, “era gol de Yépez”, le tocó vivir la siguiente historia: “En una caja de cartón pequeña cupieron su bluyín, la camisa y las otras pocas pertenencias. Con ella escapó de su casa a los 15 años de edad para huir de un padre maltratador. Reconoce que hizo dinero, también que lo gastó a raudales en trago, mujeres, parranda, esfumando así su sueño luminoso de niño: ser una persona importante de eso que sonríen en las vallas publicitarias en tiempos de elecciones”.
Pero que va… este colombiano se siente “robado” cuando el árbitro español anula injustamente o justamente el gol a Colombia en el Mundial de Brasil, como si eso fuese definitivo para mejorar los niveles educativos en las veredas más remotas y miserables del país. Ese colombiano, que es la suma de todos los colombianos, manipulable en exceso, cree que el fútbol es el brazo alargado del patriotismo y que estos muchachos: James, Falcao o David Ospina son héroes de no se sabe qué cosa, solo porque los dueños de RCN y CARACOL saben con absoluta certeza que la enfermedad del fanatismo deportivo, se parece mucho a la pandemia de las historias estúpidas escritas con el pedernal de la mentira sobre Bolívar, Nariño o Santander. 
Ese colombiano des-educado, buen amigo, violento, queridísimo e irracional, hijo bastardo de CABLENOTICIAS Y CITYTV seguirá discutiendo largamente que “era gol de Yépez”, y estoy seguro, que también afirmaría, sin fallarle una tilde, que la homosexualidad es contagiosa, y que el mundo se va a acabar porque los gay ya son iguales a todo el mundo, a espaldas de los extremistas de las inconsolables biblias y de las rabietas comunes de los derechistas del país.
Juan Carlos Toro cuenta en su relato, que éste colombiano, hermano de todos nosotros, para bien o para mal, “huyó nuevamente, esta vez acusado de un asesinato que no llegó a cometer. En Corabastos bultear fue su rumbo y luego de tanto mover carros logró sacar licencia de conductor. Hoy, en la séptima década de la vida, su vehículo transporta huéspedes extranjeros y nacionales en un hotel de la capital”.
Dicen que después de sobrevivir a una diabetes agresiva, a un cáncer incipiente, a una intervención quirúrgica a corazón abierto y a su EPS, se emborracha como en los buenos tiempos, le echa la culpa de todo a los comunistas, y piensa sin saber porqué, que Dios ha sido benigno con él. Reza mucho y peca al triple. Y su oración predilecta, es que siempre será necesario que haya pobres, porque sino a quien esclavizarían los ricos. Bueno, también cree, que Colombia así como va, será campeón de fútbol en Rusia 2018, y obviamente, que “era gol de Yépez”, así eso, hoy por hoy, nos haga ver como unos estúpidos perseverantes.   
El colombiano del cual les hablo, aplaude cuando aterriza el avión, cuando estuvo en el extranjero hizo todo lo que jamás hizo en su país, pide rebaja en todo y hasta ñapa en todo, también. Este compatriota voluble se emocionó hasta las lágrimas con el Premio Nobel conseguido por Gabo en 1982, recita sin fallas catastróficas las frases maravillosas con que García Márquez comienza su ópera prima, <Cien años de soledad>: “frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Sin embargo, de forma iracunda, le retiró a Gabo todo su amor literario, cuando se enteró tardíamente, por un trino infame de María Fernanda Cabal, que el alquimista de Aracataca era ateo confeso y comunista por convicción. 
Este tipo de colombianos son los que hacen posible que la frase, “era gol de Yépez” deba ser incorporada al poco escuchado himno nacional, en reemplazo de la poco practicable y en desuso: “oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal.
El colombiano de la historia de Juan Carlos Toro, parcero de nosotros, se parece en demasía, al colombiano que retrata William Ospina en su libro, “Pa que se acabe la vaina”. A este paisano nuestro le molesta que Colombia sea llamada sin pudor alguno, pero con toda razón “Estado delincuente”, por la probada complicidad con los falsos positivos, las chuzadas, las desapariciones forzadas y el expolio de las tierras a los campesinos.
A este amigo entrañable, debo llamarlo así, le parece grotesco que Colombia sea denominado un “Estado inhumano”, por su comprobada responsabilidad en saquear los raquíticos bolsillos de los compatriotas a través del 4 por mil, dejar morir a sus connacionales en las puertas de los hospitales, por hacer de la miseria una herramienta electoral que mata más que el cáncer y el SIDA juntos.
Este colombiano, tan querido él, ve con buenos ojos que el Presidente robe y haga obras, que el Procurador arrinconé a las minorías, que los homosexuales regresen a su closet, que todo sea como antes, como cuando la letra entraba con sangre, como cuando las mujeres eran un recipiente recolector de semen, que no haya derechos humanos, como antes… así, de pronto, los árbitros, todos unidos, hagan una carta a la FIFA, en donde ellos, arrepentidos y llorosos, rectifiquen con toda la honestidad del mundo, que si fue gol de Yépez. Me imagino, que así, todo el mundo volvería a la normalidad.



domingo, 27 de julio de 2014

Calidad educativa: un concepto en constante construcción.
La visión compartida sobre el concepto de Calidad de la educación, indica que éste debe abandonar la condición reduccionista al cual ha sido sometido en las últimas décadas en Colombia por cuenta, obviamente, que el estado cree que los resultados de las pruebas que aplica a través del ICFES, (este Instituto realiza la evaluación de la calidad de la educación básica, pruebas SABER, aplicadas periódicamente a estudiantes de tercero, quinto y noveno grados. Asimismo, tiene a su cargo los exámenes de Estado de la educación media, SABER 11o. y de la educación superior, SABER PRO. También ofrece la oportunidad para que personas mayores de 18 años validen su bachillerato, y para que estudiantes de secundaria y otras personas interesadas se familiaricen con el examen de Estado, a través de la prueba PRE SABER 11o. El ICFES también coordina la participación de Colombia en evaluaciones internacionales), dan cuenta de ella en su totalidad. Incluso, el concepto de Calidad en el territorio de la formación humana, no solo está cuestionado, sino que la dimensión plurisemántica de su contenido, involucra una gran cantidad de significados, que en vez de esclarecer lo que realmente se busca, lo que hace es enrarecer la discusión sobre su verdadera esencia.
Para, Rodolfo Posada, la Calidad educativa “es un proceso cuyos logros deben conducir hacia la excelencia, expresada en el máximo desarrollo del potencial humano, en una tensión creativa entre lo que se tiene (realidad actual) y lo que se desea obtener (visión compartida)”.
El concepto anterior es contrario a otras percepciones, que consideran que la Calidad en educación es un requerimiento accesorio para discriminar o sobrevalorar las acciones políticas que se gestan en las instituciones.
Dicho de otra manera, el concepto de Calidad llega a los escenarios educativos no solo para indagar, si lo que aprenden los estudiantes en las aulas sirve para desarrollar adecuadamente la sociedad, sino también para instituir un ámbito sesgado en donde las prácticas escolares queden en entredicho, pues para nadie es un secreto que toda idea política no solo debe implementar sus propias teorías; también debe crear una gama de instrumentos especializados para reafirmar o descalificar los procesos y productos en los cuales se hacen inversiones financieras.
El estado, la sociedad civil, los medios, FECODE y las organizaciones de distintas vertientes a través de los tiempos han endilgado los epítetos más nefastos al desempeño de los maestros, a las deterioradas infraestructuras escolares, a las desusadas prácticas pedagógicas, a la escasa financiación en el sector y a la ausencia absoluta de compromiso de los mecenas del aparato productivo. Se cree, sin duda, también, que ante la degradación de la mayoría de los núcleos familiares del país, como consecuencia del interminable conflicto armado interno, la escuela ha terminado rebasada por el caos que viene de afuera de sus recintos; o en el peor de los casos, se ha convertido en un espacio en donde se reproducen los problemas lacerantes de la nación.

Es cierto que para que haya Calidad en el sector educativo necesitamos mejores maestros, mejores currículos, más inversión, más investigación, más compromiso, más instrumentos de medición, que “midan” y ayuden a desactivar por fin los “campos minados” que han ido creciendo alrededor de las instituciones educativas y que la han transformado en factorías lúgubres en donde pernoctan niños y jóvenes que solo “piensan” en responder ordenada y sumisamente una prueba.

Más allá del desempleo inatajable, el desplazamiento aterrador, el desencanto generalizado y la depreciación de las expectativas de vida en un país terriblemente desigual, no sobra decir que hoy tenemos más y mejores herramientas para abordar las mieles del conocimiento, tampoco podemos ocultar que parte de los desafíos que se le encomiendan a las comunidades educativas no siempre están sujetas al cuestionamiento que se le hace al docente, es urgente acotar que el magisterio, en calidad de colectivo político, piensa que el concepto de Calidad de la educación, debe ser más integral desde su concepción.
No basta con que rotulemos perversamente a la persona que no acierta, pues en cada momento histórico de la humanidad cada cual deberá asumir el porcentaje de responsabilidad que le pertenece; es necesario, entonces, re-inventar unas nuevas lógicas pedagógicas, didácticas, evaluativas, ideológicas y curriculares que propicien no solo mediciones frías y lapidarias, es perentorio que esas nuevas dinámicas lleguen a las escuelas y hogares con un mensaje renovado, provocador, festivo y científico; y después si, hablemos de Calidad. O, para el caso referenciado, digamos como infiere lacónicamente Doherty, “dejemos la calidad sin definir, pues ese es el secreto”.          













 
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