Para
escribir ese vallenato de más de 300 páginas que los latinoamericanos
consideramos el catecismo sociocultural que nos representa ante los ojos del
mundo, y por el cual, un día cualquiera del remoto año de 1982, acompañado de
sus amigos entrañables, de esa música terrígena que siempre le asaltó las
nostalgias del corazón, cantada con el sabor vernáculo de la voz de Poncho
Zuleta, a esa rapsodia encantadora, llamada “Cien años de soledad”, le
entregaban un sofisticado galardón literario, de esos que todo escritor rechaza
en público, pero que adora en la intimidad, denominado Premio Nobel.
Para
seguir escribiendo a golpe de cumbia hasta los 87 años sabiendo de sobra que en
cada libro publicado sus lectores, busquen inexorablemente detrás de cada
palabra musical, de cada frase luminosa y alrededor de las metáforas caribeñas
a Remedios la bella, al Coronel Aureliano Buendía o a cualquier patriarca
latinoamericano escuchando las historias pintorescas de la bonanza bananera de
Rio frío hasta Aracataca.


