En estos días de Mundial de futbol, de la etapa final los diálogos
de paz en la Habana y del recorte criminal que el gobierno de Juan Manuel
Santos le ha hecho al presupuesto de Colciencias, el país sigue imbuido
drásticamente en la parodia discursiva del amarillo, azul y rojo. Y eso está
bien que ocurra.
En estos días en que los Alcaldes de los diferentes Municipios de
Colombia acuden a medidas coercitivas, por tanto desesperadas, como la ley
seca, el toque de queda o el día de la bicicleta por cuenta de un partido de
futbol, porque es eso, un partido de futbol, el país sigue visibilizando la
violencia y dándole la razón a los apóstoles del odio, porque los decretos que
se firman indican que la educación que ofrece el estado y las instituciones
privadas no ha servido para frenar la violencia de los festejos que propicia
una victoria deportiva.
Históricamente las medidas de fuerza aparecen cuando la educación
no cumple con ese estribillo final que se le ha endosado siempre, y que en
general es más propaganda que realidades, la palabra mágica es integral.
Y digo que es un concepto intangible, porque en nuestro país da
igual el desprestigio, la calidad o las pésimas condiciones educativas en que
se forman las personas, pues de una u otra manera la mayoría hacen parte o son
cómplices de esa masa amorfa que asiste a las caravanas para festejar el
previsible resultado de un partido de fútbol.



